Convento Franciscano de San Leonardo de Porto Mauricio

Por César Jopia Quiñones, Revista BIOMA

La llegada de la Iglesia Católica a nuestro territorio tiene una larga data, la cual está estrechamente relacionada con el avance progresivo de los españoles hacia el sur, con la intención de la inminente ocupación de los territorios de la Araucanía, desmontando la estructura ancestral de sus habitantes primigenios, los mapuches, quienes se vieron obligados a adecuar sus modos de vida ante la presencia evangelizadora de la Iglesia.

Cita:
*"El conquistador español fue un hombre de dos mundos: Medioevo y Renacimiento. Tuvo sed de gloria, deseo de dejar fama y memoria de sí…, pero también fue hombre de profundas convicciones religiosas y el clima beligerante de la Contrarreforma católica terminó por envolverle: La conquista tuvo también fisonomía de cruzada y hubo momentos en que toda la vieja tradición de lucha contra el infiel pareció revivir. Fue un hombre que mezcló toda la teología medieval con las ideas del capitalismo".

Entonces en lejano diciembre, cuando casi estaba por terminar el año 1869, en el Chile de aquel entonces arribaba el padre Pacífico Gandolfi, quien traía como objetivo fundar la Misión Franciscana de San Leonardo de Porto Mauricio en el pueblo de Collipulli, en la Región de la Araucanía.
   
En ese momento se dio inicio a la construcción de un templo, aunque primero fue la casa habitación para el padre, más una capilla provisoria, en un terreno donado por el gobierno de Federico Errázuriz Zañartu (1871-1876), entonces el 15 de enero de 1871 se realizó la ceremonia de bendición de la primera piedra. 

Como siempre en estos casos, el carácter misional de los padres franciscanos era cristianizar y "civilizar" a los grupos étnicos de la zona de la Araucanía, quienes estaban aún en estado silvícola en esa época.

Como apreciamos en primera instancia, los efectos del devastador terremoto del 27 de febrero de 2010 marcaron un destino incierto para esta maravillosa obra arquitectónica religiosa de casi ciento cincuenta años.

Su fachada austera y sobriamente diseñada que no presenta mayor trabajo de ornamentación, estilo característico de los principios de la Orden Franciscana, está seriamente agrietada, con daños probablemente estructurales que son, por lo general, difíciles y caros de reparar considerando que después se deben restaurar con fidelidad al objeto original.

Al entrar, se puede apreciar su magnífico decorado de la nave central, con una serie de columnas romanas con arcos de medio punto de madera que dirigen la mirada a su altar, que se yergue imponente hacia el atrio.

Hoy es difícil apreciar su belleza, sin dejar de sentirse abrumado por el daño y el abandono, ciertamente hay interesantes proyectos de restauración, pero que desde hace buen tiempo no se han visto comenzar, si bien hay informes técnicos que indican que este patrimonio arquitectónico es recuperable.

Al interior se respira el aroma del abandono, las palomas la han convertido en su hogar, y la tierra del exterior ha tomado posesión sobre dos silentes estatuas de una Virgen María que está rota y un santo que se encuentra cubierto por un paño para ocultar su deplorable estado.

Las bancas permanecen dispersas como si un huracán las hubiese desparramado por doquier. En un costado un bello piano de pared ve como sus teclas se arruinan mientras sus maderas parecen ser alimento para las polillas.

Sabemos que es una escena triste de narrar y más de leer, pero es una realidad que queremos, con este reportaje, destacar para tratar de incentivar los inicios de los trabajos de restauración, no por lo religioso, sino por el valor patrimonial que esta obra significa para los chilenos y el legado cultural que gira en torno a la historia de nuestros ancestros y lo que significó la presencia de la fe en los pueblos originarios de la Araucanía.

* Sergio Villalobos. "Vida fronteriza en la Araucanía. El mito de la Guerra de Arauco". Editorial Andrés Bello. Santiago de Chile. 1989. Pág. 20.

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